Declinaba la luz del atardecer. Era una tarde de octubre nubosa y gris. Yo volvía del río montado en un buche alegre y trotón. Se oía el siseo del viento entre los fresnos.
Sobrepasé el cementerio y, con el pueblo ante mis ojos, sólo sentía una soledad desoladora. Jamás he vuelto a tener esa profunda y extrema sensación.
Camino del
cementerio,
sólo el
otoño y las tumbas,
entre las
zarzamoras.